EL NIÑO Y EL MONSTRUO – Mercè Roura – 23/05/2016

EL NIÑO Y EL MONSTRUO – Mercè Roura – 23/05/2016

Las palabras, sobre todo cuando las lees o son escuchadas, pueden ser curativas.

 

La mayoría de las veces no nos damos cuenta de que las letras que salen de un labio pueden gestionar los mundos de los demás. Ese es su poder.

Hay palabras que acarician oídos y las hay que se lanzan tan llenas de furia que terminan por clavarse en nuestra forma de ver el mundo… y lo dañan. Lo dañan, lo atemorizan y lo enturbian.

Cuando las miradas viven asustadas por las palabras que les antecedieron, tenemos dos vidas por delante: una que premia y otra que apremia. La primera está hecha para quienes se colocan una escalera y ellos mismos van creando los peldaños; para quienes curan las frases dolorosas por otras más suaves y redondas; para los que terminan por cruzar los umbrales oscuros y silbar sin miedo hasta encontrar la salida. La segunda, apremia por necesidad, por gastar los minutos en algo más bello que la misma supervivencia a la que nos solemos quedar anclados.

Para unos y para otros, llega este cuento. Un cuento de paz escondida en guerra y amor envuelto en miedo. 

Porque sólo Mercè sabe poner terciopelo a la historias que más hieren, leer esto (para mí) ha sido un verdadero regalo. Y los buenos regalos siempre tienen que ser compartidos.

Bienvenido a un lunes diferente. El que llega después de que este cuento lo hagas también tuyo…

 

 

Es una reflexión que tenía guardada en mí hace tiempo… Un beso 🙂
Mercè Roura
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EL NIÑO Y EL MONSTRUO

Había una vez un niño que vivía atado a un monstruo.

No se trataba de un monstruo de esos que viven en el armario o debajo de las camas, era un monstruo de los que fuman cigarrillos y se abrillantan los zapatos.

Ante el mundo, parecía que el monstruo se ocupaba de él pero, en realidad, era él quién le daba vida al monstruo.

Algunas personas le decían que el monstruo no siempre había sido un monstruo, que hubo un tiempo en que era humano. Aunque el niño era tan pequeño entonces, que apenas lo recuerda.

Algunas veces, cuando el monstruo está cansado de gritar y el niño está escondido bajo la mesa, los ojos del monstruo se acercan con cara de suplicar perdón y parecen humanos… Aunque sólo dura unas horas. Hasta que el monstruo se enfada de nuevo por algo que siempre es culpa del niño.

A veces el monstruo se arrepiente tanto de sus gritos que se esconde días y días y se va de casa. Siempre vuelve y se enfada de nuevo, por lo que el niño piensa que, en realidad no está muy arrepentido.

El niño, a veces, se da cuenta de lo mucho que le necesita el monstruo. Parece raro pero si él no le tapara de noche con la manta, cuando se queda dormido, o le dejara la cena, el monstruo se moriría de hambre y de frío.

Es como si el niño fuera un padre y el monstruo un hijo que está tan triste que para calmar su tristeza grita y rompe cosas, como hacen algunos niños que tienen pataletas.

El monstruo -piensa el niño- es un como un niño que no ha crecido… Y a cambio, él ha tenido que crecer muy deprisa para controlar al monstruo y saber lo que le conviene.

El niño debería tal vez odiar al monstruo, pero no puede. El monstruo es demasiado egoísta y débil como para no tener piedad de él. Y el niño es demasiado fuerte y bondadoso como para odiar a alguien.

Muchas noches, el niño contempla el cielo desde la ventana de su habitación y pide deseos. No sabe qué desea ser cuando sea mayor pero siempre pide que, pase lo que pase, nunca quiere convertirse en monstruo. Y suplica que si algún día le sucede, algún niño como él esté a su lado para taparle con la manta y se atreva a decirle que es un monstruo.

El niño ha visitado mucho médicos. Médicos de esos que te curan con palabras. Le preguntan cómo está y qué necesita… Y el niño no lo entiende porque realmente quién tiene problemas es el monstruo, pero a él nadie le pregunta nada… ¿Les da miedo a ellos el monstruo? ¿por qué nadie cura a los monstruos ni se preocupa por ellos? ¿por qué nadie aleja a los monstruos de los niños?

El niño está convencido de que los monstruos necesitan muchas palabras para curarse… Escucharlas y decirlas, en voz alta, pero sin gritar… Palabras de esas que se te acumulan en el alma y hacen que te duela la garganta, como cuando quieres llorar y reprimes lágrimas… El niño imagina a veces que el monstruo acumula lágrimas y no sabe llorarlas… Y el pobre se cree que gritando saldrán pero aún se le quedan más encerradas en el pecho.

Por suerte, el niño llora. Aprendió hace mucho, cuando se sentía solo. Y cuando llora, es como si todo lo que le araña le saliera de dentro, como si las lágrimas fueran palabras… Por eso él no grita, porque no le hace falta.

Ahora que lo piensa, se da cuenta de que cuando crezca, se convertirá en un médico de monstruos,  para curarles de la penas que les hacen gritar y liberar a los niños como él.

Por cierto, te animo a que te hagas con éste y más pensamientos de Mercè en su libro “Amo la imprudencia de mis palabras”.  Tienes más información pinchando aquí.
[Imagen portada de http://www.cinepata.com]

RECADITOS – Eva Liljestrom – 17/11/2015

RECADITOS – Eva Liljestrom – 17/11/2015

Hablar de Eva es hablar de ternura. La niña traviesa que todos querían en su pandilla. Los ojos almendrados de los que se enamoraban los chicos del cole. Porque Eva es sólo una niña que creció, con toda la sabiduría, y optó por quedarse a medio camino entre lo que nos cuentan que es la verdad y lo que verdaderamente es nuestro cuento. Así de fácil es meterse en su mundo. Esto que hoy llega el blog es sólo un pedazo. ¡Imagina el resto! Aún flasheada por la conversación, os la dejo para que votéis… y sonriáis… 

 

Hoy es de esos días de la semana en los que tengo 24h para mi sola porque tú no estás ¡¡y las apaño echándote de menos!!.
Ví  “la llamada a la escritura del amor”, y fue la excusa perfecta para relatar una de tantas anécdotas que tenemos, y que quedan solo para nosotros. De esas que si no las escribes algún día se perderán en un rinconcito de la memoria, ¡y quien sabe si las encontraremos otra vez!
Hoy he querido ser generosa y compartirla con quienes tienen escondida alguna anécdota parecida y ayudarles a recuperarla, o quienes no sepan lo que es tenerte a mi lado. Porque eres puro amor, y el amor merece ser compartido, con recaditos o sin ellos 🙂 Te amo, hijo mío.

 

 

RECADITOS

 

– Mamá, ¿de dónde vienen los niños?

– Anda, quítate la camiseta y métete en la bañera.

– ¡¡Pero mamá, ¿que de dónde vienen los niños?!!

– ¿Los niños?

– Que nooo, los MI-NIONS…

– ¿¿Los Minions?? ¡Yo qué voy a saber de dónde vienen los Minions,… yo sé de dónde vienen los niños! Si quieres, te lo cuento. Esta noche me entero de dónde vienen los dichosos Minions y mañana te lo explico de camino al cole.

– No hace falta, mami: yo ya lo sé.

– ¿De dónde vienen los Minions?

– ¡¡¡Que nooooo!!!, que yo sé de dónde vienen los NI-ÑOS.

– ¿Y de dónde vienen? ¡A ver!

– Pues cuando hay nubes en el cielo, están llenas de “niños bebés” que esperan a que unas personas mayores les llamen para “ser hijos”.

– ¿Y qué pasa después?

– Aparecen en la tripa de una mamá, que crece y crece, hasta que salen por el ombligo.

– ¿Y tu saliste por mi ombligo?

– ¡Claro mamá, tu ombligo es una puerta que se abre cuando hay bebés dentro que quieren salir!

– Qué bonito eres… Vamos, cariño, la camiseta.

– Pero mamá, si el cielo está lleno de bebés que van a nacer ¿por qué hay niños que se mueren?

– Los niños que se van siendo niños, lo hacen porque han venido a hacer un recadito rápido de amor.

– ¿Para que sus papás y sus mamás se pongan muy contentos?¿Y sus amigos y abuelos, también?

– Claro, ratoncito. Tienen amor para todos ellos.

– ¿Y después, a dónde van?

– Vuelven al cielo para cuidar de los “niños bebés” que todavía no han nacido, y enseñarles a hacer recaditos de amor. Algunos recados son por mucho tiempo, y otros menos… Pero siempre van llenos de amor.

– ¡¡Ah, ya sé!! ¡¡Por eso el corazón hace “pum, pum” , porque está lleno de amor que quiere salir para hacer recaditos!!

– Mi niño… ojalá tu recado de amor dure toda mi vida.

 

Eva & Alex

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HASTA QUE TE DUELAN LAS PESTAÑAS – S. “El Aprendiz” – 09/11/2015

HASTA QUE TE DUELAN LAS PESTAÑAS – S. “El Aprendiz” – 09/11/2015

El Aprendiz es luz. Aquí podría cerrarse su definición, porque eso engloba miles de cosas. Pero, ¿qué es ser luz? Pues supongo que ser referente, ser faro, estar dispuesto a regalar toujours esa sonrisa como la curva más bonita… Sí… hay gente bonita. El Aprendiz forma parte de ese cupo. Así que, familia, ¡¡a votar!!

 

Pasamos todos los días por la vida y no paramos de ver, oír y sentir infinidad de cosas que suceden a nuestro alrededor. Hay algunas que activan en ti: un ¡“click”!, y sólo se trata de estar atento. Si llega ese momento, si llega ese click, pon tu atención, tu fuerza, tus ganas, y da lo mejor de ti.
Este texto, es para ayudar y  enseñarnos a todos que una vida es mucho tiempo, muchísimo y suficiente, para comprender que el amor es la única y mejor forma de estar aquí, de vivir aquí y de gastar nuestros días.
Hay personas que te enseñan a amar de forma incondicional. Él fue una de ellas, y le quiero tanto que, cuando pienso en él, me duelen hasta las pestañas. Gracias.
HASTA QUE TE DUELAN LAS PESTAÑAS
 

Primero, no existíamos ni el uno, ni el otro. Pero a partir de ese momento, todo cambió. Luego aparecimos en escena: primero Él, y luego yo. Al principio, él era un joven soberbio. Yo, una indefensa mota de polvo en el universo.

Nuestra relación empezó a crecer, que no a prosperar, como crecen las semillas que se plantan con la esperanza de que un día se conviertan en una hermosa flor. Despacio e inevitablemente, porque ese es el curso de la vida.

Más tarde, Él fue un Joven algo menos soberbio, más equilibrado, responsable y yo un niño que crecía con la esperanza de que cada nuevo día fuese una fiesta. Nuestra relación se basaba en el respeto, incluso en el miedo, y estaba marcada por una clara sensación de que el afecto y la protección debían estar presentes porque es “así como debía ser”. Los días pasaban, pasaban los meses, las sonrisas, los llantos, los momentos tristes, los alegres y los emocionantes.

El niño crecía, porque no se le puede poner barreras al campo, y dejó atrás cierto grado de ilusión para ser un hombre antes del momento establecido para ello. El que le dio la vida no tenía una dilatada experiencia, pero sus párpados cansados y su rostro maduro le hacían pensar que aconsejar por medio de imposiciones amorosas era una buena idea. Pero el agua y el fuego son distintos, porque cada uno de ellos es lo que debe ser. El agua debe correr, debe fluir, explorar y encontrar su propio camino. El fuego ha de proporcionar calidez, protección y tiene la sabiduría de los tiempos inmemorables.

El padre restaba impaciente por ver a su flor crecer, y rezaba para que creciese fuerte y hermosa. Aún a sabiendas de que no era un estupendo jardinero. Se dijo a si mismo que nunca había ido a la escuela de los jardineros, así que lo haría lo mejor que pudiese. El niño que se creía hombre, se volvió egoísta y soberbio,… y quiso explorar mil caminos que no conducían a ningún lugar. Vivió y exploró, hasta que sintió dentro suyo que el hogar no está en ningún lugar lejano o desconocido.

El jardinero suspiró, pues una nueva época llegaba y, aunque no se lo dijese a su flor, se sentía feliz porque el Jardín empezaba a ser como él deseaba. El Joven, comprendió sutilmente cuál era la naturaleza de la vida y se lo quiso explicar al Jardinero. Pero el Jardinero le apremió:

– ¿Como puede saber más una flor que un bosque?

Pasó el tiempo, y el jardinero, observaba a su flor y la flor observaba al jardinero. Muchas tormentas se sucedieron y muchos cálidos veranos. Y el niño, que fue niño, luego joven y más tarde adulto, le dijo al menguado Jardinero:

– Hoy me convierto en Hombre.
Le hizo entender al Jardinero que Él no era un bosque y le enseñó como era el bosque de verdad. El Jardinero sonrío entusiasmado y, regocijado consigo mismo, dijo:
– ¡Qué flor tan hermosa eres!
A lo cual la flor respondió:
– Si mil veces hubiesen de cuidar mi jardín, no se me ocurre mejor jardinero para proteger tan preciado tesoro.

En ese instante, estas dos flores tan diferentes en el jardín de la vida empezaron a disfrutar de su propia existencia juntos. El viento las agitó juntas, para poder apoyarse la una a la otra. La lluvia las regó juntas, para poder compartir y aprender de las experiencias de la vida. El sol las calentó y las alimentó, para sentirse protegidas y sonreír por el bienestar que la vida les ofrecía. El tiempo les ofrecía cada día un preciado tesoro, para comprender que sin él no podrían disfrutar de todo aquello que ahora tenían y ambos se sintieron tremendamente agradecidos.

Desde el instante cero, todo evolucionó, porque no tendría sentido que hubiese sido de otra manera. Las flores crecieron, cada una viviendo su propio devenir, y llegó el momento en que por fin estuvieron en plena armonía para comprender lo importante. Sonreían mientras se miraban a los ojos y no hacían falta las palabras, porque el amor estaba presente y fluía de ellas, por cada uno de los poros de su piel.

Así que no lo demores: hazlo. AMA incondicionalmente,… hasta que te duelan las pestañas.

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LA LUNA Y EL MAR – Javier García 29/10/2015

LA LUNA Y EL MAR – Javier García 29/10/2015

Javi ha llegado al proyecto creo que con la idea de que todos recordemos aquellos viejos cuentos que quizás teníamos la suerte de que nos facilitaran lo de cerrar los ojos cada noche. Esos que nos dejaban con la idea clara en la cabeza de mejorar esto… o aquello… o lo de más allá al día siguiente. De meternos el gusanillo de investigar algo nuevo o meter la zarpa en cualquier miedo para vencerlo de una vez. Desde luego, éste será uno de esos cuentos que yo sí leeré a mis retoños. Una y otra vez. ¡Suerte Javi! Ahora él es vuestro. =)

 

 

Se supone que tengo que venderme para que mi texto sea elegido. Pero la verdad es que soy mal vendedor, y más de mis textos. Sólo puedo decir que me encanta escribir y que lo hago desde siempre. El texto que os envío es una especie de cuento. Alguien me dijo que le gustaba tanto que pensaba contárselo a sus hijos antes de ir a dormir. Lo importante es que, además de ser para niños, creo que también los adultos pueden descubrir algún mensaje positivo en esta historia. Aunque eso dependerá de cada lector, com siempre.
En cualquier caso, es un placer participar. Se agradece mucho que deis voz a los escritores aficionados, que somos muchos, y permitirnos tener la ilusión de que alguno de nuestros textos pueda llegar a ver la luz de esta manera.
Además, los beneficios serán para una buena causa. ¿Qué más se puede pedir?
Así que, ¡muchas gracias!
LA LUNA Y EL MAR

Cuenta la leyenda que, al principio de los tiempos, la Luna tenía miedo a la oscuridad. No soportaba estar en tinieblas y no conseguía superar su temor. Peleaba con el Sol para que le dejara quedarse a su lado durante el día y descansar junto a él cada noche. Pero el Sol, poderoso y brillante, no quería compartir su cielo con ella. Con sus primeros rayos de cada día la apartaba de él y a la Luna no le quedaba más remedio que desaparecer.

Una noche la Luna buscó refugio en el Mar. Quería esconderse en algún sitio donde sentirse segura y encontró un hueco detrás del horizonte, a salvo de la oscuridad. Allí permaneció llorando, lamentándose de su miedo y negándose a salir de su escondite.

El Mar, al encontrarse con la Luna en tal estado y haciendo gala de la inmensidad de su paciencia, se dirigió a ella con toda la calma de la que era capaz.

– ¿Por qué lloras, Luna? – le preguntó.

– Me da miedo la oscuridad. – respondió la Luna entre sollozos.

– ¿Y por qué te da miedo la oscuridad? – siguió preguntando el Mar.

– Pues… Porque no se ve nada, no sé qué hay alrededor… ¿Y si hay alguien que me quiera hacer daño? ¿Y si me pierdo? ¿Y si no sé a dónde tengo que ir? – replicó la Luna casi sin poder parar de llorar.

– Entiendo… – la calmó el Mar. – Por favor, acompáñame. Quiero mostrarte algo.

 

La Luna dudó un momento si salir de detrás del horizonte. Seguía sintiendo miedo, pero el Mar conseguía transmitirle calma y, además, iría acompañada. Finalmente aceptó salir, muy poco a poco, muy despacio, hasta quedar a muy poca distancia por encima del horizonte, casi sin separarse del Mar.

Cuando estuvo allí, el Mar le dijo en voz baja:

– No mires hacia arriba. Fíjate en tu reflejo en mí, mira cómo brillas…

 

La Luna hizo caso al Mar y pudo ver como su luz se extendía sobre el Mar con un espectacular color plateado. El Mar tenía una luz como nunca había visto. Sin poder dejar de sorprenderse, escucho al Mar decirle:

– Mira ahora hacia esos árboles de la orilla.

 

Al mirar hacia donde le indicaba el Mar se maravilló aún más. Los colores verdes, marrones, amarillos, rojos… Todos brillaban de una forma especial, resplandecían serenamente con toques sutiles que transmitían paz.

 

– Ahora puedes mirar hacia arriba y ver quién te espera.- le susurró lentamente el Mar.

 

La Luna alzó la vista y contempló el mayor manto de estrellas que nunca pudo imaginar. Brillaban, tililaban, bailaban entre ellas, jugaban y retozaban sin parar alrededor de la propia Luna como en una fiesta sin fin.

 

Sin saber qué decir, la Luna miró al Mar. El Mar, aún más en calma, le dijo:

 

– Todo lo que ves, es gracias a tu luz. Tú eres la que ilumina la noche, tú eres la que haces desaparecer la oscuridad de los demás. Por favor, no nos prives de tu presencia cada noche.

 

Así fue como la Luna perdió su miedo y decidió pasarse las noches iluminando tanto cómo le fuera posible. Y, en agradecimiento eterno al Mar, decidió reservarle cada noche su mejor luz, para regalársela y reflejarse en él como en ningún otro lugar.

 

noche mar
 
HISTORIA DEL APRENDIZ Y EL MIEDO – Alex Escudero 24/10/2015

¿Pensabas que por ser sábado el proyecto de nuestro libro descansaba? Ni mucho menos… Nos pueden más las ganas de seguir publicando las letras que asoman al correo de unbuenisimodia@gmail.com que otra cosa. Por eso, vamos a quedarnos esta tarde con el cuento de Álex. Una fábula para todos aquellos y aquellas que estáis a punto de dar el salto. Calculad bien el impulso y la tirada. Y hacedle caso a este sabio de las letras. ¡¡Votad!! y, sobre todo, disfrutad. Disfutad porque “Un buen día lo tiene cualquiera”.

Nunca he sabido venderme, así que sencillamente gracias a quien le guste lo escrito y decida depositar aquí su voto. Gracias especialmente porque con vuestro voto me permitís compartir con Rocío, una pequeña parte de esta gran aventura que es su libro.

 

Historia del aprendiz y el miedo.

Caminaba el venerable maestro por el bosque con sus dos jóvenes discípulos. Al llegar a un pequeño claro donde se veían hermosos árboles de diferentes alturas, el sabio preguntó: “¿Quién quiere demostrar su valor?” A lo que ambos discípulos contestaron afirmativamente.

El maestro les pidió que subieran a un árbol y se arrojaran desde lo más elevado que creyesen posible, aplicando la técnica de caída que les había enseñado. El primero, que no tenía miedo a las alturas, subió a la cima del árbol más alto que había, el que doblaba en altura a cualquiera del resto de árboles. El segundo aprendiz, temeroso de la caída, eligió un árbol de altura media.

El primer alumno preguntó al maestro que si podía arrojarse ya, a lo cual el maestro le respondió que se bajara inmediatamente. El segundo pupilo, que estaba muerto de miedo, pregunto si él también podía bajar. El maestro le contesto que aplacara su miedo, se concentrase, sintiera el espíritu de la rana y aplicando la técnica que le había enseñado se arrojara al suelo.

El alumno respiró profundamente, miró el suelo, visualizó la técnica de su maestro y se lanzó concentrado. Al levantarse magullado pero sin ningún hueso roto, escuchó preguntar a su compañero.

– Maestro, ¿por qué le habéis pedido que se tirase, cuando él no quería hacerlo y sin embargo a mí, que sí lo deseaba, no me lo habéis permitido?

El maestro les miró antes de contestar.

–  Joven aprendiz, tu compañero que sentía un miedo profundo eligió un árbol adecuado para su primer salto. De este modo, al vencer su miedo, ha visto reforzado su espíritu. Ahora está preparado para lanzarse desde un árbol más alto. Sin embargo tú, que no sentías miedo, fuiste directamente al árbol más elevado de todos. Desde esa altura, probablemente te hubieses roto algún hueso en tu caída y no hubieras podido continuar con el próximo salto. Ahora al igual que tu compañero estás preparado para volar en tu siguiente prueba.

 

alex escudero