No hay dos sin tres.

 

Son seis, según dicen los expertos, los máximos puntos que separan a una persona de otra.

 

Hay mil historias en cada esquina.

 

Y más de cien motivos para contarlas.

Pero… de todos los números que existen, quizás el más enigmático es el número uno. El valiente y solitario. El que abre la veda. El comerciante de nuevas rutas… El que guarda los secretos, estoico, hasta que llega quien le sucederá.

Se sabe único. Y entiende que cuando nos referimos a él pensamos en lo irrepetible. Es el peculiar y el diferente. El que pone la primera piedra y arranca con la zancada que nunca nadie antes se atrevió a dar.

 

Uno es el deseo sin cartón piedra.

 

Uno es quien destaca por, pese y para todo.

 

Uno es también el episodio que nos cambia la vida.

 

O la llave que abre la puerta que quizás ya nunca tengamos que cerrar…

 

Hoy Cristina trae esa llave envuelta en el misterio de lo que no se sabe. En lo que puede suceder… o no. En las casualidades que se visten de seda. Y en todo a lo que hoy buscamos respuesta porque no tenemos la paciencia de crear la pregunta adecuada para ella…

Os dejo en vuestra mano esa llave… ¡y a ver si le abre las puertas de muchos votos!

 

He conocido tu iniciativa a través de “El Periódico de las Buenas Noticias” y me ha encantado tanto el proyecto como tu blog, así que me he animado a escribir y a colaborar con un relato.
¡Enhorabuena y gracias!
Motivación: Qué algo te mueva a escribir es ya un buen premio. Esta es una historia en la que todo tiene una razón de ser y donde el misterio es una revelación.

 

 

LO QUE UNA LLAVE PUEDE ABRIR

Esa mañana de principios de septiembre volvía de pasar fuera el fin de semana y al ir a pagar el billete, me di cuenta de que en el monedero había una llave y que era sin duda de una taquilla. Durante el viaje me estuve rompiendo la cabeza tratando de recordar dónde estaba la cerradura que abría aquella llave, amén de preocuparme ligeramente por este fallo de memoria, inusual en mí. Sin duda era la taquilla de un supermercado, porque son las taquillas que yo manejo. Y llegué a la conclusión de que con toda probabilidad era del supermercado del Corte Inglés. Y de que la llave debía llevar en mi cartera al menos desde el miércoles o el jueves, día en que cambié la de verano por esta. Lo más grave era que no tenía ni idea de qué podía haber dentro de esa taquilla. Hice un repaso de toda la semana: ¡Nada, vacío de información! Al final concluí que, a la salida del trabajo, me acercaría al Corte Inglés, bajaría al supermercado y se resolvería el enigma. Y así lo hice. Al principio probé la llave -de apariencia exacta a todas las demás- en las taquillas que permanecían cerradas. Sin éxito. Y después procedí a probarla en las que estaban abiertas, lo cual suponía meter una moneda de un euro, cerrar la taquilla, sacar la llave con el correspondiente llavero e introducir la mía para probar suerte. Nada. Me dirigí entonces a un empleado y le conté grosso modo la situación. Muy amable, llamó a su jefe, que se hizo un poco el remolón, le conté la historia e intentó, también sin suerte, abrir las taquillas con mi llave. Le expliqué que siempre suelo utilizar 3 taquillas en concreto: las que son más grandes y están más cerca de la salida. Él, que tenía prisa, se dirigió entonces a los guardias de seguridad del centro comercial. Les relaté nuevamente todo, que no soy despistada y que esto es algo rarísimo; en fin, más o menos traté de justificar que no soy una pirada que se dedica a hacer perder tiempo al personal. En efecto, la llave era igual, me señalaron, pero no tenía llavero. Y era verdad. Y tan pancha les dije que tenía una ligera idea de haber metido la llave en el monedero y haber pensado: “pues mira qué bien, así no me ocupa”; añadí que soy una persona metódica en este aspecto, que si la llave tiene llavero la guardo en un compartimentito del bolso y si no, cosa más frecuente de lo que ellos afirmaban, la guardo siempre en el monedero. Tras insistirme en que podría ser de otro supermercado (y me nombraron todos los de esta ciudad) y yo responderles que no había ido a ningún otro en bastante tiempo, les pregunté si ellos solían comprobar las taquillas a menudo y si en caso de que una permaneciese durante mucho tiempo cerrada, la abrían para verificar qué ocurría con ella o si les habían dicho que habían encontrado algo… NADA. Les di las gracias, manifestaron su pesar, nos despedimos y salí de allí agotada, pensando en cuántas veces una llave de una taquilla, en un bolsillo de la víctima, había resuelto el enigma del crimen de una serie policiaca. Estuve torturándome tres días más porque no recordaba ni qué abría esa llave, ni qué contenía lo que abría.

Me había olvidado casi de esta historia, cuando quince días después volví a los grandes almacenes y me disponía, como casi siempre, a depositar la cartera y una bolsa con compras, y escuché la conversación de una chica con una de las dependientas. Había hecho una compra considerable y quería dejar los productos no perecederos y de más peso hasta el día siguiente.  La empleada, muy eficiente, le explicó que tenía que consultarlo con el personal de seguridad: “cada noche revisan las taquillas para cerciorarse de que no queda ningún casillero cerrado con mercancías que puedan deteriorarse o que pudieran resultar peligrosos” -dijo. Y entonces se disparó la alarma en mi memoria y le comenté toda la historia de la llave y cómo el día en que ocurrió, el personal de seguridad que estaba de servicio se comportó de un modo extraño y para nada coincidía lo que me habían comentado con lo que al parecer era la praxis normal cada noche, quizá porque era ya a última hora, antes de cerrar y estaban cansados o quién sabe por qué.

Después de atender a la clienta que solicitaba permiso para dejar la compra hasta el día siguiente,  el guardia de seguridad de turno este día, me escuchó con mucha atención y me confirmó lo que había dicho la empleada. Le mostré la llave, que seguía conservando en el monedero, y verificó que se trataba en efecto de una llave de esas taquillas y además que el número de referencia era el consecutivo al de la llave número 20. Me acompañó entonces al servicio de atención al cliente, donde se custodian los enseres olvidados durante dos meses, al cabo de los cuales se donan a alguna ONG. Comprobaron que el servicio de mantenimiento había cambiado la cerradura número 30. En la zona de almacenaje estaba el contenido que yo había olvidado al menos quince días antes. En una bolsa había algún producto de perfumería, un foulard, y un sobre de regalo. ¡Lo había olvidado por completo! Me gusta elegir los regalos pensando en su destinatario; nunca me ha gustado regalar dinero, ni en las bodas, ni a los niños de la familia, pero en esta ocasión, de forma excepcional y por fuerza mayor, había comprado una tarjeta-regalo por valor de 150 euros para que los disfrutase como eligiese una persona muy querida tras 40 años de trabajo. Se la entregaría en la cena de despedida, a final de septiembre.

Entonces reparé por el ticket que había olvidado la compra el 5 de septiembre y que la había recuperado el día 22. Estaba claro que esto era una señal. Ni siquiera había echado de menos lo que había comprado; daba por perdido algo que no recordaba. Y no me lo pensé dos veces. Compré tres enormes cajas de bombones para los empleados del súper, de atención al cliente y para el personal de seguridad. Entregué después la tarjeta y pedí que me devolviesen el importe. Hice una parada antes de salir de los grandes almacenes. Junto a la puerta había una mesa de cuestación que casi ignoré al entrar. El 22 de septiembre es el día mundial de la leucemia. Les dejé el sobre que les estaba destinado desde el día que lo perdí, el 5 de septiembre, día internacional de la beneficencia. Me fui sin prisas, pensando en qué regalo haría a mi amiga.

 

Foto Cristina Marcos Martín

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