Las palabras, sobre todo cuando las lees o son escuchadas, pueden ser curativas.

 

La mayoría de las veces no nos damos cuenta de que las letras que salen de un labio pueden gestionar los mundos de los demás. Ese es su poder.

Hay palabras que acarician oídos y las hay que se lanzan tan llenas de furia que terminan por clavarse en nuestra forma de ver el mundo… y lo dañan. Lo dañan, lo atemorizan y lo enturbian.

Cuando las miradas viven asustadas por las palabras que les antecedieron, tenemos dos vidas por delante: una que premia y otra que apremia. La primera está hecha para quienes se colocan una escalera y ellos mismos van creando los peldaños; para quienes curan las frases dolorosas por otras más suaves y redondas; para los que terminan por cruzar los umbrales oscuros y silbar sin miedo hasta encontrar la salida. La segunda, apremia por necesidad, por gastar los minutos en algo más bello que la misma supervivencia a la que nos solemos quedar anclados.

Para unos y para otros, llega este cuento. Un cuento de paz escondida en guerra y amor envuelto en miedo. 

Porque sólo Mercè sabe poner terciopelo a la historias que más hieren, leer esto (para mí) ha sido un verdadero regalo. Y los buenos regalos siempre tienen que ser compartidos.

Bienvenido a un lunes diferente. El que llega después de que este cuento lo hagas también tuyo…

 

 

Es una reflexión que tenía guardada en mí hace tiempo… Un beso 🙂
Mercè Roura
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EL NIÑO Y EL MONSTRUO

Había una vez un niño que vivía atado a un monstruo.

No se trataba de un monstruo de esos que viven en el armario o debajo de las camas, era un monstruo de los que fuman cigarrillos y se abrillantan los zapatos.

Ante el mundo, parecía que el monstruo se ocupaba de él pero, en realidad, era él quién le daba vida al monstruo.

Algunas personas le decían que el monstruo no siempre había sido un monstruo, que hubo un tiempo en que era humano. Aunque el niño era tan pequeño entonces, que apenas lo recuerda.

Algunas veces, cuando el monstruo está cansado de gritar y el niño está escondido bajo la mesa, los ojos del monstruo se acercan con cara de suplicar perdón y parecen humanos… Aunque sólo dura unas horas. Hasta que el monstruo se enfada de nuevo por algo que siempre es culpa del niño.

A veces el monstruo se arrepiente tanto de sus gritos que se esconde días y días y se va de casa. Siempre vuelve y se enfada de nuevo, por lo que el niño piensa que, en realidad no está muy arrepentido.

El niño, a veces, se da cuenta de lo mucho que le necesita el monstruo. Parece raro pero si él no le tapara de noche con la manta, cuando se queda dormido, o le dejara la cena, el monstruo se moriría de hambre y de frío.

Es como si el niño fuera un padre y el monstruo un hijo que está tan triste que para calmar su tristeza grita y rompe cosas, como hacen algunos niños que tienen pataletas.

El monstruo -piensa el niño- es un como un niño que no ha crecido… Y a cambio, él ha tenido que crecer muy deprisa para controlar al monstruo y saber lo que le conviene.

El niño debería tal vez odiar al monstruo, pero no puede. El monstruo es demasiado egoísta y débil como para no tener piedad de él. Y el niño es demasiado fuerte y bondadoso como para odiar a alguien.

Muchas noches, el niño contempla el cielo desde la ventana de su habitación y pide deseos. No sabe qué desea ser cuando sea mayor pero siempre pide que, pase lo que pase, nunca quiere convertirse en monstruo. Y suplica que si algún día le sucede, algún niño como él esté a su lado para taparle con la manta y se atreva a decirle que es un monstruo.

El niño ha visitado mucho médicos. Médicos de esos que te curan con palabras. Le preguntan cómo está y qué necesita… Y el niño no lo entiende porque realmente quién tiene problemas es el monstruo, pero a él nadie le pregunta nada… ¿Les da miedo a ellos el monstruo? ¿por qué nadie cura a los monstruos ni se preocupa por ellos? ¿por qué nadie aleja a los monstruos de los niños?

El niño está convencido de que los monstruos necesitan muchas palabras para curarse… Escucharlas y decirlas, en voz alta, pero sin gritar… Palabras de esas que se te acumulan en el alma y hacen que te duela la garganta, como cuando quieres llorar y reprimes lágrimas… El niño imagina a veces que el monstruo acumula lágrimas y no sabe llorarlas… Y el pobre se cree que gritando saldrán pero aún se le quedan más encerradas en el pecho.

Por suerte, el niño llora. Aprendió hace mucho, cuando se sentía solo. Y cuando llora, es como si todo lo que le araña le saliera de dentro, como si las lágrimas fueran palabras… Por eso él no grita, porque no le hace falta.

Ahora que lo piensa, se da cuenta de que cuando crezca, se convertirá en un médico de monstruos,  para curarles de la penas que les hacen gritar y liberar a los niños como él.

Por cierto, te animo a que te hagas con éste y más pensamientos de Mercè en su libro “Amo la imprudencia de mis palabras”.  Tienes más información pinchando aquí.
[Imagen portada de http://www.cinepata.com]
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