Forajidos. Rebeldes. Fuera de la ley… intrépidos.

Hay tanto por crecer en ese término, ¿verdad? Es como si a veces nos tachasen de cabezas locas, cuando lo único que uno busca al vestirse así es romper con sus propias reglas caducas. Que puede que también sean las de los demás… pero eso es creación. Y la creación siempre (siempre) trae algo bueno de la mano. Aunque nadie sepa cómo gestionar a ese bebé que germina como una idea o un proyecto. Aunque nos saque de quicio y nos lleve de cabeza.

Lo generoso son las acciones emprendidas, no las que por ni empezar, acaban agotadas. Lo generoso es desmelenarse de vez en cuando, pecar de incautos, acabar con los mitos o incluso crear unos nuevos.

No hay reputación que se pierda por subirse al corcel y ser el mayor de los intrépidos conocidos. Al fin y al cabo… alguien tiene que empezar a abrir ese nuevo camino que parece que nos desboca, pero que, paradójicamente, sólo nos está recolocando.

Me ha maravillado la intrepidez de Teresa. Seguiré su consejo, su visión y sus grandes verdades. Ahora es el turno en que tú le votas. =)

 

Es la primera vez que saco algo mas allá de mi pequeño mundo y es todo un poco loco porque yo no sé si da el nivel de participación, pero bueno…¡Ahí va! ¡Gracias mil por la posibilidad!
Me decía una amiga hace poquito que después de una profunda reflexión había concluido que lo que mejor hacía ella en esta vida es pensar. Yo sonreía identificada y me justificaba respondiéndole que pensar también es vivir. Sin duda alguna.
Pero luego después, a la hora de los honestos, me recuerdo que vivir es más. Es jugarse la mano a un solo número, es quedarte en una ciudad descartando otras dos que jamás pisarás. Es enarbolar una bandera si comprender del todo qué significa sólo por la emoción de verla ondear. Es sentir una ostra deslizarse por tu garganta la primera vez, es un hacer un gazpacho sin llamar a mamá. Es escribir cuatro palabras y sin pensar si quiere qué estás haciendo, pulsar el botón de enviar.
¡¡Espero que os guste!!
INTRÉPIDOS

Tengo tendencia al mareo. Paso de resultar una persona de aspecto amigable a reavivar tus terrores infantiles si tienes la ventura de cruzarte con mi espectro después de un trayecto complicado. Siempre que transito por una ruta de las llamadas pintorescas (ya de partida esas dos palabras juntas despiertan en mi estómago auténtico pavor) requiero de los cinco sentidos y a veces hasta de un sexto para no convertir la travesía en el fin prematuro del día. Que no estamos para desperdiciar horas. Y es que el ejercicio exige toda mi concentración para acometer la ingente cantidad de tareas que se me vienen al tiempo: Exactitud en la dirección del volante (por supuesto conduzco yo, si no, ni empezamos a hablar de acercarnos a ese pueblo en la Alpujarra), el cálculo de la velocidad óptima en las curvas, el cambio de marchas correcto, por lo que tengo que estar atenta al sonido del motor. Mantener la mirada en un punto fijo (lo dicen los bailarines), elegir el punto fijo correcto para no descuidar dónde queda el precipicio, estar al loro de la conversación en el coche, que soy una mujer, y forzar la sonrisa mientras instigo a mis acompañantes a que no pierdan de vista el paisaje, porque debe ser espectacular. Y pintoresco, por supuesto. Ya me lo contarán luego, porque mirar no puedo, bastante tengo con respirar.

 

Aun así con todo este trajín no puedo evitar pensar en quién fue el primero en atisbar aquel paraje. Quién ideó ilusionado la sinuosa salida que rodeando la montaña abriría la prosperidad del pueblo en dirección al sur. Quién fue el concienzudo capaz de vencer la resistencia aldeana y carca y contempló terminada al fin, tras más de quince años de desconfiados dictámenes, miradas incrédulas y algún que otro infortunio, la carretera por la que hoy mismo, con mis cinco sentidos encendidos, casualmente circulo yo. Si, lo sé, lo más seguro no ocurrió así. Que no es más que la secuela de un camino de paso animal, que no sería un hombre, sino varios, y que fueron las máquinas con la ayuda del tiempo las que la modelaron, pero en mi cabeza las historias adquieren siempre cierto brillo épico. Prefiero pintarlas así. En cualquier caso, en obras de esta envergadura, estoy convencida de que hubo alguno de ellos: Un loco, un insensato, un imprudente. Uno de esos a los que puedo clasificar con uno de los adjetivos que más me gustan, y es pura envidia: Un intrépido.

 

Un intrépido es ese que grita con su vida lo que a ti te cuenta tu conciencia bajito por las noches. El que te explica que después de un rato mejor un all in porque las miradas oscuras tras cristales ahumados en realidad sólo esconden eso, humo. Total, si pierdes la mano qué más da, tampoco es la primera vez que te toca cambiar fichas. Mejor gastar lo que te queda en comprar oportunidades que aguardar el momento perfecto, ese que no va a llegar. Que vayas con todo, sí. O que te vayas del todo si no. Que yéndote igual no te encuentras, pero estudiarás la vida en morfologías distintas y tu tez perderá el color del pánico. Y con suerte el de la vanidad. O tal vez te anime a que te quedes. A que arregles el porche, que plantes un huerto, que cierres la puerta por dentro, que la restaures también a ella en un abrazo mientras le deshaces los rizos y pruebes a inventarte el mundo en el salón. Pero que optes, que no bloquees el paso. Que la indecisión es un lúgubre lugar donde habitar.

 

Un intrépido toma una opción y camina y se deja el aliento en su insensatez. Está loco si, pero no más que tú. Pocas cosas son más irracionales que el miedo. Y su proyecto al menos adquirió la fuerza de lo tangible, fue algo más que un bosquejo en un papel.

 

Los envidio y me seducen. Como seduce lo desconocido, lo que tiene el olor del desafío. Su insolencia me cede el turno de palabra. Me coloca en el atril. La siguiente en escucharse tendrá que ser mi voz. Y sí, es cierto que está todo dicho pero hay un matiz, que aún no sonó con mis graves.

 

Intrépido, etimológicamente que no tiembla. Y pensaba hoy, qué paradójico, que yo lo que quiero es tener uno de ellos alrededor. Sentir el vértigo y temblar, incluso hasta marearme.

 

yo

 

 

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