Una enfermedad, condiciona. Sobre todo esas que se las ingenian para quedarse un tiempo (a veces mucho, a veces siempre) en el carné de identidad. Esas enfermedades nos ponen como deberes el que tengamos que inventarnos un modo, el que sea, de no caer en la trampa sucia de la falta de fe.

Porque la fe mueve no sólo montañas; también a personas que buscan las heridas para poder poner sus tiritas de amor. Seguramente la comprensión, la empatía y el espíritu de lucha pueden más que las garantías de unos fármacos. Porque estos mitigan el dolor de los cuerpos, pero aquellos alivian el peso moral que lleva de serie muchas noches en vela… Una enfermedad condiciona, pero nos empuja a la necesidad de aprender a vivir con los ojos llenos de todo lo que se pueda embestir con la mirada. 

Los hospitales se llenan cada día de historias. Historias anónimas que nunca salen a la luz, que se quedan entre sus muros. Cada planta, cada paciente, cada familia, es una oportunidad de mostrar el apetecible cosmos del que se inundan los pasillos de aquellas salas… Nunca vi más amor en un lugar que los años en los que el cáncer de mi padre o mis horas de quirófano nos hicieron pasar por allí. La segunda casa de muchos no tiene vistas al mar ni a la montaña: huelen a medicina y a comidas sin sal. Y en aquellas casas de obligado paso, por norma, de algún modo, hacemos crecer la familia. La que nos llega en las salas de espera y en las líneas que van uniendo las vidas y lazos de unas personas con otras.

Hay un torrente de amor que Samuel conoce de sobra. Y hoy puedes hacerlo tuyo. Ama cada gota. Vota si lo deseas después…

 

Me llamo Samuel y soy de Galicia, concretamente de un pueblo muy cercano a Vigo que lleva por nombre un monosílabo: MOS. 🙂 No se me da muy bien esto de venderme, pero os explico por qué me encantaría que incluyeseis mi pequeña aportación en vuestra obra.

Más allá de motivos de carácter personal como alimentar el ego (que no es lo que me mueve) o ver mi obra publicada en algún lugar (que tampoco me motiva ya que escribo por corazón y no por profesión), os envío este texto porque la causa lleva nombre de enfermedad.

Padezco una enfermedad que hace un año me diagnosticaron ya como crónica por el fracaso ante muchos intentos de recuperarme. Sufro de Anorexia Nerviosa desde que tengo 21 años (acabo de cumplir 33). Sé que no es comparable, ni mucho menos. Pero al mismo tiempo creo firmemente en que con las enfermedades pasa como con las personas: se las juzga sin conocerlas. Y como se haga un mal juicio de entrada no se le da una oportunidad. Yo llevo tiempo intentando convencerme de que puedo vivir con esto. Que es crónico pero no incurable.

En el caso de la leucemia, algo parecido -por favor, no se me mal interprete-. Lo que quiero decir es que es muy necesario disponer de todos los medios posibles para conocer las enfermedades: desde las llamadas raras, o las que no son raras pero en las que se ha avanzado poco por falta de medios.

Por suerte, mucha suerte (casi diría fortuna) no tengo en la familia ni entre las personas  que quiero y me quieren a nadie con Leucemia. Pero la enfermedad en otras variantes se ha cebado con mi familia, y con la enfermedad a veces llega la incomprensión (además del desconocimiento, la impotencia, la sensación de soledad…).

Sin más, yo aporto mi grano de arena (muy pequeñito y con toda la modestia) porque este texto es UN CANTO AL NO CLAUDICAR. Todos lloramos, pero debe llegar un momento en que decidamos dejar de llorar, ni ESE segundo más.

Un fuerte abrazo.

 

 

COMO EL TORRENTE SANGUÍNEO

 

Los hay que lloran a mares. Los hay que lloran a torrentes, como el sanguíneo, hay quien llora siguiendo las instrucciones de Cortázar, “dejando de lado los motivos”, y lo hacen tal y como él lo dice en sus “Instrucciones… Sin que el llanto “insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza”. En mi caso, es el río la medida de todos los llantos. El mar es escandaloso, bravo y bruto -aunque sepa mantenerse en calma si así lo quiere-. Tiene esa capacidad. El río, por la contra, es de un fluir constante, unas veces rápido, lento otras …

Observando un río, cayó en la cuenta Heráclito de que todo fluía, de que nada permanecía.

Pudo haber visto este señor cómo es mi llanto para darse cuenta de que todo fluye.

Pudo haberse parado ante mi rostro y pensar lo mismo porque yo tengo un río como medida de todos los llantos.

Tal vez le confundiese, por momentos, la sequedad de mis ojos, pero se habría dado cuenta al segundo, – porque todo fluye, y más, el tiempo – de que en seguida las cataratas volverían a dejarse caer libremente. Que lo que creía una detención del flujo y una caída de su teoría era, solamente, que cuerpo adentro, andaba mi 70% de agua, envuelto en un remolino, intentando rescatarte del acantilado de mis pestañas inferiores, porque me niego a llorarte ni un segundo más.

 

Samuel Merino (Hace 25 semanas)

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