La queja. Qué dichosa la queja. La más socorrida de las cartas que usamos cuando en el tablero la jugada maestra se nos escapa. Quesi, ysi, porsi, esque, aunque, yonolosabía. Balonazos fuera, que los goles en propia meta hieren demasiado el orgullo.

Pues por ahí no. Tienes la bala en el cañón equivocado. Tú toma riendas, aclárate la garganta y hazte a la idea de que te has equivocado. ¿Y qué? Equivocarse es mucho más gentil que mentir. Pero si te mienten, siempre podrás mirar hacia otro lado: hacia el amable. Ese que nos sonríe como madres cuando la rabia nos abre el pecho. El que nos habla en las letras de Marta. El que te señala el lugar el bonito. Ese desde el que venimos y hacia el que también vamos…

Votad, votad benditos.

 

Por los que no se acaban en tres frases, por el guionista de tus horas, por el que hace que tu vida no sea indiferente. Por el que te mira cuando cree que no le ves, el que sufre con tu daño antes de que te duela, por el uno entre un millón.

Por los que hacen que seas la mejor versión de ti mismo, los que levantan tus días, los que despiertan tu sonrisa sólo con un hola. Por los que se equivocarían contigo antes de imponerte un no lo hagas. Por el especial,  el distinto, para el que no le importa.

Por los que ven cosas que otros no ven y las entienden y no preguntan. Por los que no venden simulacros, por los que recuerdan y cumplen lo que dicen, aunque pase el tiempo y nada sea igual.

Por quienes lo darían todo por acertar una sola vez. Por los mil veces criticados, por los que te llaman para poder respirar, para los que acaban de sonreír, ¡por los fabricantes de sueños!

 

 

SIEMPRE EXISTE UN LUGAR BONITO DONDE MIRAR

Siempre existe un lugar bonito donde mirar. Si levantas la vista y no lo encuentras corre, porque los hay a millares.

Si tuvieras el lujo de saber lo que yo sé, el orgullo no te dejaría caminar. Tomamos decisiones basadas en lo que no queremos, cuesta creer que de ese descarte negativo pueda nacer algo grande.

Nos hundimos en el miedo de una posibilidad que quizá nunca suceda y nos perdemos todo lo bueno que en realidad ocurre. Como si la persona que llama jamás fuese la oportuna, ni el frío y el calor tuviesen la gradación perfecta. Hacemos tragedia de un día de lluvia, de un dolor o de un atasco, aunque luego apenas valoramos que suceda lo contrario.

Ese boicot al que nos consideramos permanentemente sometidos, la mala suerte a la que sin remedio nos creemos abocados.

Hoy vino alguien a verme. Por el momento y su gesto entendí desde el principio que quería preguntarme algo y que no era una pregunta fácil. Acepté de buen grado sus cien rodeos iniciales por el temor que me producen las confesiones, las mías también.

Existe un lugar en la memoria para ciertas cosas malas, un vertedero de recuerdos del que es imposible sacar ventaja. Sólo sales si lo cuentas. Es la única forma de sentirse de nuevo a salvo, de encontrar consuelo, de que ese día la vida vuelva a empezar para ti.

En esta ocasión su valentía no me resultó indiferente, porque era una verdad que evidenciaba las mentiras que la habían precedido y porque fui yo quien las escuché. Palabra a palabra su historia comenzó a pesarme.  Comprobé hasta donde duele confiar.

Esos segundos en los que te invade la duda y ya no sabes qué creer. Cuándo empezó a mentir y por qué. Cómo pudo mirarte durante el engaño aparentando una total honestidad. A ti, por qué.

Hubo un minuto en el que tuvo la opción de elegir entre hacer lo correcto o venderte y decidió venderte, quebrar el tiempo compartido, convertirlo en nada, borrarte. No sé cuándo, pero lo tuvo, ese minuto siempre existe.

Y ahora estaba ahí, mirándome, igual que otras muchas veces, sin más verdad ni mentira que entonces, pero con muchas más excusas. Quise gritar, enfrentarle a su miseria, devolverle el daño, herirle el alma.

En el pasado había nacido una historia que el presente rompía y yo no sabía dónde colocarme, cuál era mi nuevo lugar. Reaccioné mal, supongo que transformé en una certeza todos sus pronósticos, porque en esa mala reacción se encontraba la causa de sus mentiras. Mientes porque piensas que el otro no entenderá la verdad y al final es cierto, no la entiende. Una paradoja bastante habitual.

Nos justificamos diciendo que las explicaciones llegan demasiado tarde pero en el fondo nuestra respuesta habría sido la misma, el momento es lo de menos. El dolor nace de la confianza rota, del convencimiento erróneo de que nosotros nunca habríamos fallado del mismo modo. Categorizamos modos de fallar a nuestro más absoluto arbitrio, cuando la verdad no tiene categorías,  aciertas o fallas,  perdonas o no.

Es dolorosamente llamativo lo fácil que le resulta a algunas personas decir adiós, pero a pesar del daño, de no poder cambiar las cosas, se que tengo la opción de perdonar y lo haré. Guardaré los minutos buenos como un tesoro y buscaré un lugar bonito donde mirar, porque sin duda, los hay a cientos.

 

DSC01630

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s