Cuando uno vive de cerca una enfermedad, del tipo que sea, crece. Se angustia, se estresa, llora, se compadece, reza… Pero también limpia, depura, recoloca, aviva, relativiza, decora y ama. Se aprende mucho más en épocas de trinchera que en cualquier otro remanso de paz. Porque así los segundos, los momentos de tranquilidad que llegan, saben a doble gloria. Como un gin tonic a media mañana.

Toti fue una maestra. Luchar significa muchas cosas. No siempre se vence a la enfermedad pero, de algún modo, sí se gana la batalla. Gracias, Isabel, por recordárnoslo. Por recordármelo.

Espero que os guste esa brisa del desierto…

 

Dedicado a las personas que luchan y se marcharon a consecuencia del cáncer.
Y dedicado a TOTI, con todo mi cariño. Porque nunca olvidaré noches estrelladas en mitad del desierto con su compañía iluminada. Hoy estará en ese cielo cómo un ángel de LUZ.

Gracias Rocío por esta iniciativa tan enriquecedora y solidaria.

Me llamo Isabel. Y este escrito es reciente, tras la pérdida de mi hermosa cuñada. Se marchó al cielo azul, tras no superar enfermedad rápida y devastadora . Y por ello mi aportación en su recuerdo y por todas las personas que se encuentran luchando.
Me encanta tu preciosa iniciativa. Saldrá el libro más bonito del mundo que pienso comprar y aportar con mi granito de arena a esta causa

 

EL VIEJO DESIERTO

Cómo átomos ínfimos,
atravesamos la inmensidad del cielo lapislázuli y misterioso.
Nos aguardaba nuestro amigo, el viejo Desierto,
que acomodó a las dunas con sus mejores galas.
Limpió los grifos del oasis para que pudiéramos vernos reflejadas.
Nos celebró una fiesta de bienvenida.
Reunió a las estrellas, la luna y parte del firmamento, que bajaron a
acogernos y a escuchar nuestras historias de leyendas, fábulas y canciones.
La luna contagiada cantaba: “¡habibi, habibi, habibi!”
y una estrella le siguió: “¡muach, muach!”
Y tú y yo, tan chiquititas, leves y efímeras, ante este festival astronómico.
Sonrisas compartidas, danzas aterciopeladas… ¡habibi, habibi!
El sol quiso ser nuestro guía al amanecer y nos tostó la piel en color dorado y oro.
¡Y es que el cielo sonreía! ¡Feliz!
Y entre todos, cielo, desierto, dunas, estrella, firmamento, sol y luna, y nosotras
(chiquititas, chiquititas), entrelazamos nuestras manos y creamos un grupo estelar conspirado.
En calesa oficial envejecida por los años y de belleza inusual
nos dirigimos a un palmeral en Tozeur.
Nos esperaba nuestro amigo Oasis y su familia.
Y allí nos invitaron a deleitar dátiles crujientes y anaranjados:
¡elixir de la felicidad acompañada!
Quisimos ir a un mercado multicolor,
para comprar la maleta acartonada de cuero envejecido.
Necesitábamos aguardar y guardar los sueños cumplidos.
Y al día siguiente, un camello solidario quiso acogernos en su regazo
para alumbrarnos en el desértico trayecto y sorprendernos con el parto
de una puesta de sol recién nacida.
Embriagadas de tanta felicidad y dicha,
todavía nos conmovería otro regalo:
¡noche de diosas a la intemperie de una jaima medio derruida!
Y aprendimos idiomas, experiencias, sabiduría y conocimiento.
No nos hizo falta lenguaje ni palabras.
Las estrellas nos guiaron.
Y nosotras ¡tan chiquititas, tan chiquititas!
ante la inmensidad del descubrimiento constelado.
isabel linares
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